Caminaba yo hacia la universidad dejando atrás un estado de cansancio libresco. Era un día hermoso y el aire no estaba como para estar en depresiones. Lecturas místicas pero escépticas eran mi ocupación en los forzados ratos de ocio; forzados porque mi deber era leer teorías semióticas y era reacio a ese tipo de lenguaje (tan falto de poética y «nuestra triste mitología»). Es correcto que para fines identitarios habitualmente me considero poeta; quizás ésta es la causa de la valoración positiva de mi revelación («los poetas son elegidos», es uno de mis prejuicios predilectos). A menudo pienso en Dios de maneras reiteradas, a veces le veo en los libros, y desde un punto de vista esto puede considerarse como una virtud; desde otro se interpreta como una superstición limitante. Por lo general comparto ambas y las alterno según la ocasión. Pero me fue revelado la esencia del método y su carácter eminentemente práctico y simple. La traducción de ésta idea tan trascendente mientras un hombre camina, es cierto, está lejos de la pomposidad del milagro; así es como pienso que Dios simplificó su método. Digo, a veces, que es fácil aceptar la existencia de un Dios, pero el acto es, como toda lógica, siempre antropomórfico. Yo pensaba en eso en aquel instante. Dios, Ser Superior (me someto a las mayúsculas), quiere salvar a los humanos, pero a todos y cada uno, siendo causa el de toda las cosas, y de la sombra que proyectan. Pensaba tambien en ello. Así que envió a Cristo o lo Creó Literariamente, da igual para casos de fe; y ésto es esencial. Dejé de pensar en aquel instante preciso; y ésto es eminentemente práctico y simple. Ahora creo y conozco que ambos conforman el método. Un creer y un conocer es bastante común a todos los hombres, están al alcance de todos, como llave simple del cielo.
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