El domingo de mi abuela se cansa de vivir con todos sus huesos;
y el quejido de la sartén gana, lejos como el más sordo del año.
Y antes de un abrazo lloro, o llora el poeta;
y harto lloramos, nieto-abuela, abuela-poeta
una lágrima, que siempre cae joven con los cansancios
más extremos, más dominicales,
más en esta mesa esencial, húmeda, y anónima que dista.
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