En una espalda muy bonita no siempre hay un bello rostro; pero no es el caso, supongo, por las afables miradas de los hombres al pasar frente a su semblante. -¡Llenas de curiosidad mi camino de tarde!- Imagino su rostro, que ha de ser blanco, y muy posible, empolvado y perfecto para su cabello negro y lustroso, para su nariz fina sobre una sonrisa que todo lo inundaría, a tono con su jeans insinuador de geografías que analizo, con sus bordes estilizados de jabon dulce y su hipotética desnudez. Sin embargo, creo, me serán imposibles sus ojos: ella camina ahora lejos, despreocupada del deseo inquieto que deja, porque he llegado a mi puerta, y esto es inexorable.
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