Después de ganar el Premio, un premio ya último, estas licencias en general son bien recibidas por los lectores. Un escrito casi póstumo y de tema baladí, pero bajo mi pluma, será considerado espero- como anécdota que humaniza a quién se ha esforzado, ya por muchos años, en la tarea de crear una imagen intelectualmente perdurable.
Es muy conocido ahora -sino en todos, en cuantiosos lugares- mi afición original a cierta contemplación rara y moderna, de cualquier índole sin mediar un juicio a priori. Como bien dije -y no me avergüenzo- en un texto mío y famoso: el prejuicio es un tipo de ceguera, y peor, voluntaria.
No desconozco que la edad, el éxito tardío, o un esfuerzo fructífero prolongado en los años han puesto en mí argumentos demasiado cotidianos, demasiado personales, contrario a la tendencia natural de mi oficio: pero, ¿será posible, será permitido, a un viejo solo y bien conocido, este tipo de mañas, más o menos bien escritas?
Sucedió en una tienda, pero no me parece adecuado hacer referencias precisas en asuntos de tiempo y espacio; resultaría un atentado contra mi literatura querida, que he perfilado eterna y mayormente ubicua. En esto soy coherente, según me aplauden mis críticos más amigos. Pero como iba diciendo: todo sucedió -no será difícil de imaginar en una sociedad consumista- en la sección femenina de una tienda de ropas; allí, donde se venden chaquetitas y faldas con los colores de la última moda, que luego las mujeres llenaran con sus desproporcionadas blanduras. Es frecuente en ese tipo de lugares, y yo creo que ustedes lo han notado, hallar hombres adustos acompañando a damas hermosas; o -en el fondo las cosas dan igual- pero es menos común, hallar mujeres adustas acompañando machos vanidosos. Y todo lo anterior, sin importar el caso específico, es un lugar perfecto para un escritor como uno, ya seriote por acción del tiempo; y digo bueno por los contrastes maravillosos que allí se ven, por las apariencias que se pueden comprar, etc; contrastes que pueden nutrir obras magistrales si se ha tenido el privilegio de la inventiva; apariencias vanalmente estéticas; y sólo basta con cierta lucidez literaria para su buena disposición en la obra. Fue así, en estas circunstancias, como forjé la idea de mi próxima novela, ya con el tono de autor consagrado y para la cual reuní mis materiales (los que mencioné) de una sola mirada.
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