Hablar de amor es cursilería siempre. Pero ya es tiempo de curarnos del miedo a lo cursi. El amor es un regalo, finito, condicional. Nunca se debe estar seguro del amor del otro. La seguridad amorosa es un acto de arrogancia que nos pone en riesgo de ser sorprendidos por el asalto de la pérdida que conlleva uno de los sentimientos más profundos que podemos padecer, similar a la tristeza que nos inunda causada por la muerte de los animales que amamos.
¿De qué condiciones invisibles depende tu amor? ¿Hilado al frescor de mi carne? ¿Imbricado a la lozanía de mis gemidos? ¿Envejece el amor como el vino o siempre se pudre como los tomates?
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