Un chileno en Francia IV

Toca viajar a una Jornada de Estudios sobre educación superior hacia un país europeo del sur. Para salir de Rouen debo tomar un tren nomad hasta la estación de Saint Lazare en París. Esta vez me alojo en el departamento de mi prima que trabaja como gestora de recursos humanos para una ONG y que ha estudiado en Francia, se ha casado con un francés de La Martinica, que se ha divorciado en francia y que ya tiene pasaporte chileno y pasaporte de aquí. Vive en Versailles, y me duermo esta noche en su sofá y al día siguiente me lleva amablemente a Orly 3 en su coche blanco. Mi prima no es de gustos audaces.

Al llegar a Barcelona sentí el peso de estar triste que me empujaba los ojos hacia dentro. Los barcos dispersados ante la boca del puerto, los pequeñísimos edificios de tonos pastel, de tonos rojizos que el sol mediterráneo destiñe un poco cada día. Desde tan lejos no se ven las hordas de turistas. El avión está flotando sobre mi memoria de Barcelona un día nublado de diciembre. Miré a la derecha y me encontré con la Sagrada Familia pequeña inconclusa imponente en la distancia y pensé en el piso de Carrer del Roselló, mi piso de recién divorciado, cuyo número ya olvidé. Y las ruedas golpean súbito la pista de aterrizaje.

El avión, el de las 7 de la mañana, viene lleno de Franceses. Da la impresión que siempre van apurados y que quieren ser los primeros en bajar y da la impresión que no entienden el español o que se hacen los sordos. Nos dicen en repetidas ocasiones que hay que descender bien ordenados, las primeras cinco filas y luego hasta la cola del avión, lo ponen por los alta voces y por los altabajos en muchas lenguas. Las azafatas tienen que venir a decirles s’il vous plaît madame s’il vous plait monsieur hay que sentarse y esperar que descendemos en filas de a cinco que hay una pandemia, coño.

Está claro que les gusta la ciudad, pasearse por las Ramblas, visitar las casas de Gaudí y comer la comida catalana y seguir, si es posible, todos los consejos de sus guias de viaje, la guia Michelin o le Routard. El fin de semana fuimos con P. a visitar la Casa Vincens, la primera casa de Gaudí, que restauraron muy lento, hace muy poco y que abrieron al público tres o cuatro años atrás. En la sala de estar me encuentro con una familia hablando francés, impresionados por las dimensiones de la habitación, por el decorado del cielo raso y la belleza de la luz que entra por la terraza. Los jubilados están bien en Francia y su pensión les permite viajar a los países del sur en donde la vida es más barata y el sol pega más fuerte. Pueden pagarse sus museos sin dificultad y comer en los restaurantes recomendados por sus guías. Una jubilación digna, digamoslo así.

Una respuesta a “Un chileno en Francia IV”

  1. Avatar de cazadoradeestrellas

    Es interesante y me produce un anhelo de ser jubilada francesa.

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