Un chileno en Francia

Es junio de 2022 y llego desde Estrasburgo, una ciudad en donde por todos lados vemos un ensamblaje entre galos y germanos. Fui a dar mi primera comunicación académica en Francés en un congreso organizado a la estrasburguesa sobre la Enseñanza de Lenguas Aplicadas (LEA). Sesiones intensas, paseos guiados por el viejo Estrasburgo, por el Parlamento europeo y por la sede del Consejo de Europa, estudiantes que presentan sus proyectos, una cena de gala que nos deja a todos contentos y embriagados. Los billetes y el hotel me lo paga el departamento porque vengo a exponer sobre el uso del proyecto dramático como arquitectura para el aprendizaje del español como segunda lengua. El título es bien rimbombante porque en este mundo hay que vender el humo para vivir. Ahora tengo que escribir la publicación, en francés espero, para construir mi CV de investigador modesto. Debo elegir una revista que le interese el tema, ya veremos, escribir investigación en este momento de mi vida en dónde solo me pagan por enseñar es ad honorem, aunque no veo mucho honor en trabajar y trabajar y no cobrar. Fuimos a la cave del Hospital, un lugar que en sus orígenes utilizaba las propiedades curativas del vino, que tuvo función de medicamento de analgésico y reemplazaba el agua poco potable antes de que inventara el alcantarillado público. Conocí a A., maître de conférences en Paris, que vive con su familia en Estrasburgo y que hace los viajes Estrasburgo París en el TGV, dos horas de viaje, cuestión posible porque los profesores universitarios en Francia están obligados a dar pocas horas de clases para tener tiempo para investigar y tareas administrativas.

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