Trabajo en Cergy, una ciudad de la que conozco la estación Préfecture y algunas de sus calles rodeadas de edificios que se pueden ver desde el autobús que une la universidad y Mantes La Jolie. Sé que Annie Ernaux vive aquí y uno de sus investigadores más célebres trabaja en la facultad. Como muchos de mis colegas, vengo y me voy, cómo viles marineros de la educación que atraviesan los mares turbulentos de París para descargar eso que llevamos dentro y partir inmediatamente. La Universidad funciona como un reloj, por un lado los titulares, y por otro el ejército de vacataires y contractuelle. Yo juego por los del equipo de contractuelle, pero con un contrato de medio tiempo y lleno de horas extras. Es más barato para la Universidad. Además me dieron responsabilidades de director de una pequeña formación. Este año dos estudiantes se dieron de puños en medio de un ejercicio de expresión oral, enculé! gritó una de las chicas y en un parpadeo estábamos fuera del aula intentado separarlas mientras se tiraban de las mechas. No es frecuente pero este año me gané la lotería de la mala suerte.
Mi rutina comienza el domingo desde Rouen hacia La Défense, si tomo el bus; o hacia la estación de trenes de Saint Lazare, si encuentro un billete barato en el TER. El domingo los trenes van llenos, los jóvenes y viejos llevan maletas grandes y pequeñas, con mascotas o solos y a veces grandes familias con niños y niñas. Difícil trabajar en estas condiciones. Tengo pendientes de revisar unos 100 controles continuos que es como llaman en la lengua especialista de la educación a la modalidad de enseñanza en la que trabajo. Apenas tengo tiempo de escribir y apenas tiempo de pensar. Solo puedo, apenas, atrapar la anécdota con la esperanza de sumergirme en el futuro.
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