Reencontré el placer de jugar al tenis que perdí a los 12 años cuando nos mudamos desde la Villa Catirai, entre el Hospital de Los Ángeles y el Liceo A-59, hacia en ese entonces una zona poco poblada y desconocida en los alrededores, el sector Buen Truco-Canta Rana, hoy en día célebre por su motel ideal para el amor furtivo y para el poliamor a escondidas. Comencé hace más o menos un año y medio, en el mes de septiembre de 2021, aprovechando la oferta muy conveniente de 25 euros por año de curso, del STAPS de la Universidad de Rouen Normandía. Ya he jugado varios torneos pero aún mi estadística es muy mala, solo una victoria sobre 10 matchs. Me ha gustado descubrir la camaradería del mundo del tenis amater en Francia: por ejemplo, el ganador suele invitar al perdedor a beber algo, pero no todos los vencedores practican esta regla no escrita, al menos esta temporada seca en victorias ha sido bien hidratada con Perrier o Coca-Colas gratuitas después de cada partido en el que salgo con el rabo entre las piernas. En los torneos hay jugadores de todas las edades, tallas y niveles: me han derrotado jugadores muy bien alimentados y otros más escuetos en aspectos nutricionales, jóvenes de menos de 25 y mayores de 50. Una liga normanda de tenis llena de torneos en todas las superficies, béton porozo, alfombra y tierra batida. Soy malo en todas y bueno en ninguna, pero al menos jugar con 35 años me da un reto y un proyecto fuera de la Universidad que me permite vivir en la ilusión de que aún puedo espantar a la muerte y que puedo existir siendo más que una herramienta en manos del capitalismo académico.
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