Un chileno en Francia

Un día de huelga en París. Hoy dormí en el sofá cama de mi prima, en el salón. Debo llegar a Cergy a dar mis clases de español en la Universidad. L. me dice que iremos en coche hasta la estación. El gobierno utiliza el artículo 49 para forzar su reforma de la jubilación: más años de trabajo, eliminación de régimenes especiales, nadie está contento. Un café de máquina, un pote de yogurt, un trozo de baguette simple, sólo, comenzando a endurecer. En el telediario de France Info anuncian el triunfo del Olímpic de Marseille, con dos goles de Alexis, el olímpico recupera el segundo lugar de la tabla.

2 trenes de cada 3 dice la megafonía en la estación de Montreuil. Hierve. El tren va repleto. Mientras las puertas se abren pienso en que esta noche comienza la primavera. Vouz pouvez avancer, s’il vous plaît ?, dice una pasajera llena de terror de perderlo y esperar el siguiente que pasa en 15 minutos. En el tren todo el mundo va con su smartphone, o con un libro en la mano, con la cabeza semi inclinada. Me duele el cuello. Dos chicas van al colegio, con uniforme de privado, la mayor parece buscar algo que ha perdido en el bolso, rostro angustiado, la pequeña ríe de la tragedia que padece su hermana mayor. Una llamada telefónica, un rostro de sorpresa, la mujer de lentes habla en inglés. What is she going to do? Yo divago, me digo, la taza de café ya está en mi corazón, me viene un deseo de escribir, la depresión se ha ido, la escritura es eso, atrapar la fugacidad de la vida, atrapar el relato que no cesa de devenir, ¿Cómo una fotografía?, más o menos, pero nuestra materialidad es el verbo, el adjetivo y nosotres les escribidores somos las cajas de resonancia que modulan, que transforman, que distorsiona y destruye. En la uni, mi colega C., española y directora, me dice que el Consejo de la semana pasada estuvo tenso, muy tenso, se habló de las huelgas, de que los estudiantes tienen derecho a participar, que la presidencia atenta contra el derecho a huelga, hay que banalizar los cursos en días de paro pidieron los sindicalistas, C. que decide los presupuestos se enfureció y pidió la lista de firmantes de la carta abierta de la semana anterior. Hace una semana de todo esto. No puedo contenerme y miro las piernas de un cuerpo que trabaja frente a un ordenador en el tren que une Versailles y La Défense, si mamá supiera diría que no está bien, papá no diría nada pero en su silencio también se dibuja un gesto, ambiguo, un gesto neutro que se transforma en un espejo y te devuelve tu propio reflejo. Vamos apretados como sardinas con estudios universitarios, como sardinas bien vestidas, de todas las edades y los colores, veo una mano que intenta alcanzar el respaldo de la silla, tiene miedo de caer el cuerpo que dirige esa mano, podría ser la mano de una madre o de una abuela, un abrigo verde, una sortija de plata con algo incrustado que podría ser una suntuosa esmeralda o un modesto trozo de plástico.

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