De vez en cuando vigilo el horizonte para ver si llega L. la gallega. Hemos quedado para beber junto a T., gallega también y G. su pareja el portugués. El muelle de Rouen se prepara para recibir La Armada, encuentro de fragatas y gran evento de la ciudad, una especie de carnaval de marinos que sucede cada cuatro años. Se elevan los puentes, se llena la noche de juegos de artificio, se bebe y se folla con los marinos como si no hubiese mañana.
Hace dos semanas que no llueve en Rouen, anormalidad que la gran mayoría atribuye al cambio climático. La tarde es cálida, pero la noche es fría. Tres capas de ropa son necesarias para seguir el ritmo de la variación térmica durante el día normando.
El fin de semana viajamos a la Provence, en la pequeña Citroën azul, un lugar reputado por su belleza idílica y bucólica. La hija de S. y J. organizó unas bodas de oro sorpresa con todos los amigos de sus padres. La mamá de AC, T., estaba invitada. AC no estaba en la lista del bodorrio en un primer momento pero le bastó una llamada y hacer valer los recuerdos de la infancia común con E., hija de los jubilados, para hacerse invitar. El marido de E. es un viñerón reputado que vinifica con mucho éxito denominaciones de vino como Château Neuf du Pape y Gigondas, imagino que allí nace el interés de AC de insistir, el alcohol es su debilidad. Había botellas por todos lados, al menos 4 botellas tipo magnun repartidas por larga mesa de matrimonio. Se bebió. Se cantó. Se bailó.
El marido de E., el viñeron, nos llevó a Gigondas. Allí nos presentó a M., chilena que creó una joyería. El viñeron tenía un afecto nostálgico hacia Chile, viajó allí en su juventud, a los 18, su primer viaje a Latinoamérica con una amiga. M., la chilena ya enraizada en La Provence, experimenta con una joyería en Lana y metal, entre otros materiales. Le encanta al cine, su pasión es ir todos los años al Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse. Me gusta ver todas las películas, pero vamos realmente a ver cine, no a hacer la fiesta.
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