Me duele el alma de ser feliz: un dolor concreto, carnal y de sangre. Y no soporto la exigencia de mis alegrías: los dientes que deben florecer, los pómulos que se me cansan y deben dar sano rubor. Entonces empiezo, empiezo a prefigurar mi suicidio: ahí estoy, Alejandro, parado en la cornisa del puente, diciendo adiós a los malos amigos: hasta nunca Miguel, hasta nunca Margarita, no llores madre ni padre. Por lo menos en la imaginación y en el discurso.
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