Un chileno en Francia

Sigo una chica de Rouen en Instagram, A., para echar un ojo a ese mundo del fitness. Blanca, pelo rubio, unos 24 años, podría ser parte de eso que hoy se llama influencer. Lidera una especie de comunidad híbrida, en su mayoría blancos y blancas también, que hacen ejercicios físicos al aire libre en las escaleras del Kindarena. A veces los veo en la ribera izquierda de la Sena. El objetivo parece ser la modulación del cuerpo en grupos masivos. No hay local ni sala de deportes. La participación crece. A. también vende productos Herbalife y participa en eventos en otras ciudades de Europa que reúnen a esta comunidad en torno a la marca. Varsovia, Nantes, fiestas y congresos pagados por la marca. La comunidad del Kindarena tiene una versión de domingo, abierta a todo el mundo, y una versión, no recuerdo el día, exclusiva para chicas. Son multitud. A. también es coach y algunas de sus historias de Instagram muestran sus casos de éxito. Todo su discurso apunta a una vida consagrada a controlar el cuerpo y modularlo. En su tiempo libre va con sus amigas a beber y comer en el Biltoki. Tiene carisma virtual y un gato.

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La primera vez que vi a Sh. la canadiense volvíamos de beber cervezas del Trois Pièce y ya nos íbamos regresando a casa. Estaba con nuestra colega J., norteamericana, que ha vuelto como lectrice de inglés a la Universidad de Rouen. Yo no quería regresar temprano a casa, no me gusta regresar temprano los fines de semana, es la angustia de una vejez que llega y una juventud que se desliza hacia el desagüe. ¿A dónde van?, les pregunto. Caminamos, solo caminamos, necesitamos llegar a los 8000 pasos para completar la meta diaria de la aplicación. Al principio me parece extraño, pero luego mi cerebro reacciona y evoca mi periodo catalán en donde caminaba horas antes de dormir para relajarme y volver al estado de calma. No es extraño, es lógico, sano. Entre paso y paso me va desenrollando su historia. Todo indica que vive un momento de crisis: se acaba de separar de su pareja, no encuentra aún piso donde dormir, por el momento es una nómade de sofás, vive entre la ribera izquierda y la ribera derecha de Rouen. Vamos todos a casa de J. Nos sirve té, vemos una peli extraña y críptica, luego de 30 minutos todo el mundo está de acuerdo que mejor dejar la peli, otro día vemos el final. Tomo mi bici eléctrica y me sumerjo en el viento de la noche.

Al día siguiente encuentro a Sh. por casualidad en el quai derecho mientras yo sacaba fotos y comía un sandwich del Carrefour. Casi no me ve, venía ensimismada, con sus audífonos sin cables, mirando hacia adelante pero me dió la impresión que miraba su interior. Encontrarme allí le sorprende. A mí también. Nos ponemos a caminar otra vez, voy con mi bicicleta en la mano, hacia el puente Juana de Arco y me cuenta la segunda parte de su historia, que ya tiene un piso visto dice, un T3, como llaman aquí los departamentos de tres habitaciones, pero que hay un petit défaut, que no es tan pequeño a decir por las fotos que me enseña pues al parecer el cielo raso de la sala de baño necesita ser sostenido con puntales, le da igual de todas formas porque así tendrá un chez moi, me dice más o menos llegando al Puente Boldiu. Hemos hecho un círculo y ha llegado a la meta de sus 8000 pasos.

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