Son las 20h16 en el Écoquartier de Rouen y la luz del verano comienza su declinación áurea. El agua está estancada pero inmóvil puede todavía mostrarnos el camino hacia la belleza que nos hace falta. Un cochecito de bebé hace el camino con sus dos madres que conversan como aves vestidas de negro desde la nuca hasta los pies. Hubo antes enquistada en esta quietud una refinería que la historia oxidó hasta convertila otra vez en tierra. Los corredores apuran el paso para mejorar su media en la nube de los atletas. Tenías razón al ver la punta de esa angustia que quisiste abrazar pero los cables del titiritero no daban más línea. Me detengo frente a un salvavidas para consolarme obsesionado con el erotismo de las instrucciones de como reanimar un ahogado. Llevo las tripas llenas de fuego, llenas de té verde, los pies quieren seguir la danza y quiero hablar de palomas que incuban sueños rotos. Tomo la bicicleta azul y pedaleo hasta que la luz de los impresionistas no me permita ver más allá del ombligo. En el salvavidas una pintada en blanco dice Shou, je t’aime toujours. Alguien responde en negro Moi aussi.

















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