Son las 21h13 en la abadía de Saint-Ouen y los turistas no entienden que el pavimento rojo está prohibido a los coches. No deben cruzarlo, pero lo cruzan porque el imperio de la ley y sus soldados no pueden estar en todas partes. El F2 Bihorel abre la puerta y baja la plataforma con un bip bip bip bip un hombre sentado en su silla motorizada sube al autobús. Alguien encendió las luminarias y el domingo pareciera que le comió la lengua a los trabajadores. La chica de los patines con las ruedas encendidas viene de danzar en el Quai de la Rive Gauche, yo la vi con un ojo en el alma y también vi otro hombre de rojo que la fotografiaba sin su consentimiento aprovechando la ubicuidad del teléfono móvil. Allí donde la fotografía no puede llegar la palabra encuentra su materia de evocación. En la noche, en la oscuridad solo podemos iluminar con las palabras que nos dieron esos seres élficos que nos visitaron en el camino y dejaron la semilla-signo en nuestra memoria. Un hombre pide para comer en un muy buen francés y se queja porque no muestro misericordia. Lo dejo irse le digo que no tengo monedas, solo hay plástico en mi corazón. Hay plástico porque he visitado círculos a los que no se debe entrar pero el imperio de la ley no tiene acceso a esos círculos de verbos y rituales.








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