Mi gato maúlla a las 21h38 y creo estar en mi casa del Mont Gargant aunque ninguno de estos muros blancos y nada en esta tierra de colinas me pertenece. El dinamismo del Sena con sus barcos de jubilados barre el fantasma de un pueblo muerto. Dicen que el Yate de un millonario atraca en el Quai de la Rive Droite. Una pareja de corredores se hacía selfies irónicos para crear acaso su propia historia en un domingo anodino frente a ese barco fastuoso. Allí había sonrisas cuyo derecho de fotografiar no me pertenece aunque no creo que hayan puesto atención al hombre de la bicicleta azul y la camisa blanca porque escribir es como apretar el botón detrás de la cámara como crear un mundo o una galaxia perdida entre millones de galaxias sin nombre. Qué tirria nos da no poder habitar en nuestra propia historia no poder ser una paloma en el balcón / qué tirria nos da la sumisión ante el sueño propio y de los otros. Aquí la luz cambia todo el tiempo la gente no se queda para siempre / quiere partir y luego de irse se envenena con la nostalgia de volver y luego que ha vuelto la vida parece insoportable. Sí, queremos que la ciudad nos ame pero no sabemos amar a los bienaventurados desnudos, no soportamos la ausencia de signo, a los sin voz les permitiremos mendigar al otro lado del muro.









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