Un chileno en Francia: vacaciones y sin papeles

En este país las vacaciones son sagradas para la gran mayoría. Mi contrato de la facultad, que este año será de medio tiempo, no está firmado y me retrasé con la solicitud de renovación del titre de séjour. El personal de recursos humanos salió del vacaciones a mediados de julio y mister J. envío la demanda de puesto con retraso. El periodo de validez del antiguo se agotó y estoy en un espacio tiempo de indeterminación jurídica. Comenzamos el año académico sin contrato firmado y en el limbo migratorio.

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El deseo de escribir regresa con fuerza estimulado en parte por el verano lleno de ternura, apertura, miradas llenas de ambigüedad, tazas de té y palomas. ¿Algo se estará incubando en esa maceta?

Viajes, en Francia pareciera que no hay vacaciones sin viaje. Como si detenerse fuese imposible, siempre en proyección hacia el dinamismo porque estar quieto es morir. Visitamos la isla de Texel, fuimos al faro en bicicleta, comimos cordero en cocción lenta en Den Burg. Nuestro road trip por el norte siguió hacia el este desde Almere, luego Hamburgo, Lübeck y la isla de Haggen. En Bismark cruzamos por casualidad durante una noche a nuestros amigos H. y S. Nos dicen que quieren tener un bebé.

AC fue con su madre a Camarga, yo aproveché para flotar por Rouen. Finalmente luego de tres años de dar la lata con el proyecto de ida y vuelta desde Rouen a Dieppe la idea se concretiza. Participaron en la aventura de 144 kilómetros el ingeniero de hidrógeno P., la kinesióloga L., el buscador de archivos documentales J., y yo.

La enumeración resumen dice así: Bicicleta, bares, té, huevos fritos, música irlandesa, violoncelo, wafles, fotos, jardín, poemas, palomas y Dieppe. Tengo la esperanza que escribiendo estas palabras los recuerdos permanezcan.

R. nos invitó a su cumpleaños cerca de Vannes en la tierra interior de la Bretaña, a la casa de sus padres, en la comuna de Guéhenno conocida por su Calvario Monumental que nos llevaría a visitar su padre. R., gestora cultural y violencelista, celebra sus 30. La casa es de muros de piedra, proyecto de restauración de toda una vida de un médico militar jubilado y una ceramista. Más de 30 años de trabajos, creo recordar, de plantar árboles y flores, de mover piedras, de cortar vigas, de mover la piedras de granito, de desenterrar la historia.

Llegamos el viernes porque el trayecto desde Rouen nos toma más de 3 horas y treinta minutos. En el centro del salón un piano de cola color caoba y algunas partituras con extractos de obras conocidas como el Ave María. En el jardín dos ovejas enanas, una de color marron y otra de color negro. Los bretones son muy amables, nos reciben con un cena de la que recuerdo una sopa de zapallo cremosa. Nos ofrecen como bebida un Saint Émilion de 2001 que ha envejecido en maravillosas condiciones. El paté de cerdo también viene de la zona, nos dicen con orgullo. La paciencia de treinta años bebida en menos de 30 minutos. Paté, pan, sopa de zapallo. Todo local, todo local nos dicen con orgullo. Sus hermano mayor no está presente, anda al mando de un Barco con su novia rumbo a Irlanda. Tiene la vocación de bretón marinero. Su hermana vive en Hamburgo y parece tener un comportamiento muy alemán. Todos muy diferentes mis hijos dice la madre ceramista.

El sábado por la mañana me despierto temprano. Tiro el saco de dormir hacia el lado para no hacer ruido, me pongo al pantalón y salgo a dar una vuelta. AC duerme. J. duerme al otro lado del salón. Me gustaría tocar el piano pero no es la hora. Salgo a dar un paseo, todo está húmedo por la mañana, tengo los pies mojados, pero pareciera que tendremos algunas horas de sol. En el jardín hay un invernadero con tomates, finas hierbas, patatas y flores. Luego voy a despertar a J. que toma su mandolina con el argumento de vamos a tocarle la mandolina a las ovejas. Más tarde encontramos al padre de R. saliendo a comprar 10 baguettes para el desayuno y nos subimos al coche que debe tener unos 30 años también. La chica de la panadería le dice que hay que preguntar al panadero jefe porque la cantidad es muy grande, y claro, hay más de veinte invitados, podría haber llamado para reservar. La mañana es densa en preparativos. R. y G. preparan la chasse aux trésors con mucho esmero y dicen a todo el mundo que me vigilen por favor porque puedo hacer trampa. El padre nos lleva a ver la iglesia que tiene el Calvario Monumental de Guéhenno, nos dice que deberíamos ir a visitar otros lugares, nos cuenta que hay un dolmen en una colina al cual solo se puede acceder por un sendero que tiene una vista impresionante.

Regresamos. El equipo normando ayuda en las tareas preparativas: cortar papas, rellenar huevos, hornear, poner la mesa, todo está listo cuando comienzan a llegar los parisinos y el resto de los bretones. Comida tipo buffet con huevos mimosa, tabulé y torta de sol. La tropa está alimentada y preparada para la chasse aux trésors.

Solo puedo escribir cuando los otros duermen o están en silencio o viajan desde la indiferencia. En el tren Rouen – Mantes la Jolie o durante los desayunos porque AC duerme. Hoy me comí un tomate del jardín. Jugoso, redondo, rojo carmín. Me llevó al verano en Negrete en la pequeña casa de la Parcela 21 de Arturo Prat. Casa de madera, las tejas rojas enmohecidas por más de treinta años de lluvia, viento y el sol de enero. En la época de los tomates el ritual era salir a la huerta frente a la casa color mantequilla, esquivar el tractor azul de la marca Ford, saltar el pequeño canal que irrigaba la quinta, abrir la cerca que impedía que los terneros destruyeran las plantas, y cada uno tomaba el tomate que se quería comer. A veces tomábamos un tercero, para la tía Fony, o un cuarto o quinto si había invitados. Volvías a la cocina con el olor de la tomatera en las manos. Cortar en rodajas, sal y aceite de girasol, mezclar con suavidad para que el tomate no se destruya en el plato, lo comíamos con la cáscara en un silencio sabroso. La luz amarillenta del alba inunda la cocina e ilumina la piel morena y la panza de sandía del abuelo sentado frente al muro azul. Tengo la impresión que cada vez que pruebo un tomate busco obsesivamente el tomate de ese verano en Negrete que se transformó en la medida sacrosanta de todos los tomates.

En la fiesta. R. insiste en que haga un pan amasado chileno para probar el horno de piedra que tienen en la casa recién reformada de Brémalavie. Las condiciones logísticas no son adecuadas, le digo. El plan de fiesta cuidadosamente organizado sigue su curso. El trabajo colectivo permite que una masa congelada y olvidada de descongelar se transforme en pizza. Una de las invitadas no come sal y se prepara ella misma una pizza sin sal. Otra invitada es vegetariana y se prepara ella misma una pizza vegetariana un poco con las sobras de la masa porque en medio del fragor festinguero nadie había en la vegetariana. El pizzaiolo quemó casi la mitad del bosque para calentar el horno que debe haber bordeador los mil grados y luego hubo que esperar que se enfriara. Finalmente las pizzas estaban comibles y teníamos los músculos llenos de energía. Todo el mundo se hartó de comida y los treinta litros de cerveza que compró el padre en la cervecería local bajan a un ritmo parsimonioso. No hay mucho ambiente de fiesta al principio así que me empujan a que haga de DJ pensando en que mis orígenes latinos deberían ser suficientes. Pongo un poco de música y R. la cumpleañera viene a decirme que esa playlist no la ponga porque le estoy haciendo espoiler a las danzas bretonas que vienen más tarde. Después del inicio complicado, pongo a Bon Entendeur que escucho cuando salgo cansado de la facultad. La gente baila con timidez al principio y luego comienzan a soltarse y todo se detiene bruscamente porque un invitado a preparado una historia acompañada de flauta. Dice que la preparó más de un mes, aprendiendo el texto de memoria como los antiguos bardos medievales, con la grabación que se ponía en el coche camino al trabajo. La narración nos deja a todos con ganas de ir a dormir en un estado de relajación máxima. Luego G. da su concierto de música electrónica y su hit es la Tecnopolice. G. hizo un doctorado en derecho y este año debuta como maitre de conference, y en su tiempo libre compone música electrónica que presenta en las fiestas de sus amigos. Llega el momento de iniciación a las danzas bretonas que son colectivas y se hacen en círculos. Pies, manos, codos cerrados, círculos circulares y meñiques y pulgares y pies saltito paso. Muy bien para ser una primera vez dice R., con ironía, frase que nadie parece escuchar ni entender como si la hubiese pronunciado directo en mi cabeza. Viene el momento de los regalos, R. recibe una concertina. Luego el grupo de Gingoglebolinos ya en estado de ebriedad da su concierto de música irlandesa con mandolina, flauta, percusión, guitarra y R. tocando el violoncelo. Cuando toca el violencelo tiende a mirar hacia la izquierda y cierra los ojos. Al final los bretones quieren bailar un poco de salsa y les explico el concepto de perreo en el reggaeton. Todo el mundo está cansado, es hora de dormir. A mi me hubiese gustado seguir bailando la verdad.

La casa de tesoros se articula en torno a la receta legendaria del kouign  amann que ha sido robada por los normandos. Tengo una foto de la receta que pude tomar cuando estaban distraídos. El servicio secreto ya la tiene en su poder y analizan la posibilidad de crear un biocombustible con este postre bretón.

2 respuestas a “Un chileno en Francia: vacaciones y sin papeles”

  1. Avatar de azurea20

    Envidiables vacaciones. Qué siga la buena racha para el curso que comienza. 🍀🍀🍀

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    1. Avatar de Miguel A.

      Gracias Azurea. Este año se anuncia complicado aquí en Francia. Ya veremos!

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