Carta para una persona importante

No sé quién soy ni adónde voy y en esa búsqueda nos encontramos. A mis años ya voy entendiendo un poco mejor los derroteros sin llegada que me impone el cuerpo y mis rebeldías ante la maraña áspera de la autoridad. Me deleito jugando al borde de la carretera, en medio del tráfico permanente, y tengo algo de saltamontes que viaja de una ternura a la siguiente por los campos maduros, en la tiranía animal del presente, sin la precaución de anticipar mi muerte y preparar mi tumba. También padezco la indiferencia felina que se contenta pusilánime de habitar un lugar seguro pero anda todo el día mirando por la ventanas hacia los pasantes de la calle y espera que alguien deje la puerta entreabierta para salir al jardín a cazar historias. Sé que busco eso que llamamos epifanía permanente pero a la hora del crepúsculo me da la impresión de seguir el programa absurdo de un niño latinoamericano que ha leído un cuento de hadas como si fuese un texto sagrado. En estas circunstancias reprobé y repruebo todos los exámenes del amor y carezco de los diplomas para seguir los caminos pavimentados de nuestras tribus. Y ahora, y aquí es donde fecundaremos un dolor, sigo usando mi cuerpo como un laboratorio de la humanidad entera para tantear los límites de lo humano como si lo que dicen los mayores no fuese suficiente y como si hubiera que vivirlo todo. Solo sé que tarde o temprano allí donde te habito habrá una herida y seré el padre de los oscuros duelos del mañana.

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