Poliamorosa, la novela rosa (cuento) 4

Febrero.

A Franco el poeta no le gustó el primer capítulo, dice que el tema de la inteligencia artificial en una novela rosa no tiene nada que ver con este género literario industrial! Le digo que me explique un poco más, porque no entiendo el cambio de opinión así tan repentino. Bebe un poco de cerveza para agarrar vuelo y dice que la novela rosa debe ser anielante, que no es un género para meter temas de crítica social por muy sexy que te parezca la idea de una masculinidad ética. Silencio, vaso en la mesa. Respiro hondo. Para nada de acuerdo, le digo, en nuestra sociedad postmoderna y líquida donde los grandes relatos han muerto, un héroe ético representa el retorno del orden en medio de la crisis civilizatoria. La figura del protector pero deconstruida en relación poliamorosa. ¡Eso es de fachos, weon!, me grita sin retenerse. Ha medida que bajamos las cañas de cerveza el acuerdo parece más lejano, de milagro y a gritos logramos consensuar que mejor le preguntará al editor, que deberá zanjar el desacuerdo, y ya veremos.

En mi universidad parisina nos han cambiado la directora por un director. No sentí nada bien al tipo nuevo, Jean Pierre Lorel, que anda con sus sonrisitas sospechosas por aquí y por allá. Le gusta hablar solo en las reuniones, hecha mano a frases rebuscadas y largas. Aquí nadie quiere hacerse cargo de la dirección, era el único candidato y lo eligieron para quitarse el marrón lo que no le impide darse aires de big boss. Ya quiere, como primera gran medida de sus primeros 100 días en el micropoder universitario, cambiarnos el nombre porque eso de UFR de Lenguas no le gusta y que no lo entienden fuera de Francia. El presidente de la Universidad dijo que las lenguas van a desaparecer, que ya no podemos enseñar solo lengua, lengua y algo más es el futuro. Nos llamaremos Facultad a partir del próximo mes. También quiere cerrar formaciones porque el presupuesto será reducido por el gobierno. No nos lo han dicho así, pero el tema de fondo es que la Universidad quiere abrir una facultad de Medicina y una Escuela de Ingenieros, así que han activado la compactadora de las lenguas para abrir camino a los ingenieros. Averiguo que el tipo es germanista. Antes de llegar aquí trabajaba en un Instituto Alemán como director. Se rumorea que lo echaron por insoportable y que pudrió el ambiente laboral. Supe de buena fuente que se está divorciando y que la mujer lo quiere desplumar. En plena dinámica de divorcio en la monogamia heteronormada, supongo. Tiene nueva pareja una chica más joven con la que va a tener un hijo muy pronto. Así que supongo que su interés en la prima de responsabilidad y la descarga de servicio le vienen bien. Supongo que hace todo esto por su relación principal, por la familia, porque en la jerarquía relacional la familia es el núcleo de la sociedad nos decían en el catecismo y por ende es el centro de tu vida y el leitmotiv de tu carrera profesional. Mala fama tienen los germanistas en las facultades de Francia, me dicen que el alemán se considera una lengua para los elegidos, la lengua que estudian los niños y niñas de las buenas familias y también la lengua aspiracional de las familias que creen que es posible cambiar de clase social. Un delirio de los padres heteronormados de Francia que imponen a sus hijos sobrepasar los logros de sus progenitores, tema sociológico interesante. Me lo apunto. Me apunto también que el alemán como lengua está muriendo en Francia porque los estudiantes no se interesan y otras razones geopolíticas, supongo, entre ellas la disputa por la mano de obra calificada entre los países europeos. Sin el estudio de las lenguas, la interculturalidad inicia una tendencia a desaparecer y la interculturalidad es una especie de afecto, quizás la interculturalidad como política y como ética también es poliamor, un poliamor hacia el otro diferente. Por eso no tiene espacio en el neoliberalismo donde el amor dentro del canon de lo estándar y el amor al otro como yo, que tiene cosas en común conmigo, son la norma.

María Cecilia me hace notar, con un buble tea con bolitas de tapioca y té verde en la mano, que voy a escribir sobre el poliamor sin haber intentado el poliamor. Guardo silencio. ¿De dónde sale eso de que nunca lo he intentado? Le cuento que sí lo intenté, en Barcelona, después de mi primer divorcio, con la chica catalana que me prestó el libro de Vasallo, Pensamiento Monógamo, Terror Poliamoroso, fue un experimento de tres meses, con resultados contundentes y bien documentados en mis diarios de vida, le digo que lo primero que sientes son los celos, es el primer escollo a vencer, desacoplarse de los viejos hábitos monogámicos, los celos sustentados en la ética de la posesión del otro, pero los celos los sientes todo el tiempo, eso no se deconstruye tan rápido porque está en el cuerpo, lo que se deconstruye es la reacción, los discursos justificados en los celos, le digo que tuve que abandonar la idea de posesión del otro, que la tienes en todos esos adjetivos de mi chico, mi chica, y te prohibes usar el posesivo y así vas trabajando artesanalmente, en ensayo y error, detalle a detalle, asumes que eres un experimentador un explorador afectivo con tu propio cuerpo, y que con el tiempo esa nueva performatividad se convierte en hábito, en buena costumbre y luego en ética, y así natural, al poliamor se llega mediante un deslizamiento paulatino. Una llamada en mi móvil que no puedo dejar de responder nos interrumpe. Lo siento, es importante.

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