Marzo, principios.
Llevar un postre de la pastelería japonesa Masako me parece una buena idea y creo que el Monte Fuji maridará bien con el té matcha. Este lenguaje no lo practicaba cuando era más joven, impensable, un poco de odio a mi antiguo yo, atrapado en la receptividad de mi masculinidad de niño educado a recibir y no a dar. Dar placer, el gesto, la lengua del afecto, comunicar con el código de los afectos lo aprendí de Camille, mi ex esposa francesa. Ella fue la que descubrió esta pastelería a la ocasión de la visita de su madre, admiradora de la ritualidad y cultura culinaria japonesa. Supongo que quienes amaron con el gesto dejan una herencia infinita e invisible que difunde a toda la comunidad como un pequeño estero. Y no hay poliamor que funcione sin un poco de ternura. Me gustaría decírselo, darle las gracias, pero no creo que sea posible. Deseo ver a Antonia y Tamara, las extraño, me veo por la calle, en la esquina de Avenue des Belges, cajita blanca en las manos con tres Mont Fuji, me dolió cuando me pidieron que por favor me alejara de ellas durante el proyecto de maternidad, querían que fuese algo de suyo y que luego podría volver como padrino, una nube se posó en mi cabeza, pero luego me dije simplemente deja el peso de su cuerpo empujarte y ve a dar una vuelta lejos ya podrás volver con tu propio peso y sentir de nuevo sus cuerpos. Lo escribí en mi diario, hice un poema, lo acepté, me abrí a otros dispuestos a acompañarme en este jam y ahora vuelvo para un té matcha, en otro rol pero en el mismo vínculo. El vínculo permanece, pero nuestros roles pueden cambiar. El parque…, 84 rue de Renard, llamo al citófono, está abierto dice Antonia, entra.

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