Poliamorosa, la novela rosa (cuento) 9

¿Ya aterrizaste? Me pregunta Franco. Le digo que el piloto está estacionando el avion, que puedo estar en Plaza Cataluña en una hora y media más o menos. Bacán, me responde. Vamos al Oveja Negra, te espero en la puerta.

El Oveja Negra es una taberna llena de piedra y casi sin ventanas. Se entra por una puerta ovalada que da a la calle Sitges. Una pizarra anuncia los precios que se han escrito con tiza. A Franco le encanta porque las cañas son muy baratas. Pues no lo conocía, le digo. No lo puedo creer, me dice riendo y fumando un porro. Franco pide una pinta de cerveza y yo pido una clarita que la mesera prepara mezclándola con gaseosa de limón. ¿Cómo vas con la novelita? Y bebe el primer sorbo. Pues sigo bloqueado, le digo. ¿Estás escribiendo el encuentro de los personajes en la isla de Cerdeña? Ya tiene el vaso medio por la mitad. Sí, estoy pegado, no logro crear algo verosímil. Da igual, weon, en la novela sentimental lo que importa es la identificación, la ilusión, proponer un relato para evadirse de este mundo fome. Al próximo sorbo ya no quedará nada en el vaso.

La lectura de poesía será mañana a las 19h en la librería, Franco insiste en reiteradas ocasiones que tenemos que llegar a la librería La Prole a las 18h para preparar el lugar. Qué sí, le digo, que no hay problema, ¿qué cuando yo he llegado tarde a algo que me gusta? Me muestra el afiche que diseñó en el auto cuando íbamos a París. Te quedó bonito le digo. Va a estar bueno el festival. Me dice que estarán Ana María y Bruno el viernes, en la Social. ¿Nos podemos hacer un selfie para enviarlo a Antonia y Tamara?, me mira sorprendido y me pregunta si hemos retomado, le digo que sí, que hemos retomado, mira que bien, me dice que claro por el selfie, pero que tendré que salir a enviar el mensaje afuera porque no hay red en el Oveja Negra, estas piedras son gruesas, gruesas.

(Borrador, version 3, primer encuentro de R y Ro en la fila del avión en Beauvais, Francia).

El vuelo FR4832 con destino a Cagliarí tiene un retraso porque un viajero distraído olvidó una bolsa negra en la sala de embarque y se activó el protocolo de alerta de artefacto explosivo y están creando un perímetro de seguridad que implica evacuar el terminal de salidas. Raúl suspira muy largo largo y se dice a sí mismo una frase que repetía el pastor de su primera iglesia allá en la ciudad de Los Ángeles por algo pasan las cosas. De ese periodo que se diluye en su vida poco a poco es donde construyó su ética protestante del trabajo pero de la cual ya comienza a renegar después de que lo llevase al borde del burn out. Se acaba de comprar el libro Sociedad del Cansancio de Byung-Chul Han para leerlo en el vuelo. Acaso también guarda en un rinconcito otra de las enseñanzas evangélicas de su infancia, eso de ama a tu prójimo como a ti mismo, mantra que le permite justificar su afecto por todo ser humano y alejar los prejuicios. Y el prójimo, es toda la humanidad, le decian en la escuelita dominical entre bostezos. Pourriez-vous m’aider, monsieur ? Monsieur ? Monsieur ? Ici la terre! Le dice una chica sonriendo a su derecha que espera con otros pasajeros a que esta situación de crisis aeroportuaria se solucione. Excusez-moi, madame, j’étais ailleurs, responde Raul. Êtes-vous espagnol ? J’entends un léger accent. Je suis chilien, mais oui, je parle espagnol, responde Raul. Podría ayudarme usted con esto mientras yo ir al baño, es mi violoncello. Raúl mira a la izquierda y observa una gran caja negra con pegatinas de I Love Music y otra pegatina que Raúl reconoce como la bandera bretona. Sí, claro no hay problema, mientras no haya una bomba, y Raúl no puede impedirse reir de su propia broma. No, claro que no, responde sonriente la mujer. Vuelvo tout de suite.

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