Este curso 2025, desde septiembre, cogí el coche para ir y venir al trabajo, me cansé profundamente del tren y mi reducción de contrato a medio tiempo terminaron por convencerme de que no tenía suficiente dinero para pagarme las idas y venidas. Tomo el coche sabiendo que contribuyo a acelerar el fin del mundo, al mismo tiempo me digo que el gesto individual no puede cambiar el mundo, el gesto que cambia el mundo es el gesto colectivo, estructural, consensual en la dirección necesaria ; y ese gesto está declinando aquí en Francia porque la derecha se aferra a su bienestar y privilegios, desaparece, se aleja en el contexto político que fabrican los millonarios hoy en Francia. Los ricos controlan los medios, los compran, los transforman, la derecha francesa también transforma los medios públicos desde adentro desde sus cargos públicos. Los desfinancia, pone su gente. El semáforo está en rojo.
Tomo la ruta que une Rouen y Cergy, la departamental D6014. Me digo que ya que estoy contaminando voy al menos usar esa contaminación para captar lo poético que puede tener ir al trabajo en coche. Lo primero que vez es que no estás solo. Somos legión los que queman combustible y aceleran y frenan y se protegen en una cabina de la violencia del mundo exterior conectados a la naturaleza desde el otro lado del vidrio sin tocarla sin respirarla. Estamos en eso que llamamos normalidad, en la normalidad al otro lado del cristal. Estamos detenidos en el semáforo porque hay reparaciones en la ruta y un desvío que reduce dos pistas a una. Tengo el tiempo de pensar, le dicto a la aplicación de escritura en los momentos de detención, me pregunto, me cuestiono, sobre la distancia que nos separa de los otros vehículos, que en la escuela de conducción te la enseñan como la distancia de seguridad. Una moto me adelanta por la derecha, las motos tienen un código de la ruta específico que cambia cuando hay retenciones. En el retrovisor tengo una furgoneta marca Ford, al volante un tipo que parece que discute con alguien, que mira a la izquierda que mira a la derecha. El sol se refleja en su cara y no puedo verle el rostro. Delante de mí va una chica en su Peugeot 107, veo unos ojos de los cuales no distingo el color, un abrigo negro de un material misterioso. Solo tengo acceso a la mirada fragmentaria a través del retrovisor. La distancia de seguridad es también la distancia de la incomunicación o de la información fragmentaria e incompleta.
Salimos del bouchon como le llaman en francés. El paisaje y el relieve son muy dinámicos, primero traspaso el arco de las vías del tren que va a Dieppe, la ciudad costera, pero yo tomo la dirección opuesta hacia el gran París, traspaso un arco de ladrillo rojo que me hace pensar en Londres y en nuestra primera casa de Los Ángeles, en la villa Catiray.
La ruta D6014 es mi ruta al trabajo pero me imagino que para cada conductor representa algo distinto. Para otros será la ruta del ruido frente a la casa, o el camino donde un familiar se dejó la vida por falta de paciencia al adelantar un camión o un tractor. A veces veo personas muy mayores en sus coches muy nuevos y grandes, podría ser el último que compraran pienso. No hay límites de edad en el permiso de conducir. En septiembre la luz de Alba o del Crepúsculo transforman el paisaje. Me gusta tomar fotos en movimiento, todo se distorsiona. Esas bestias mecánicas que son los tractores emanan cierta belleza, son el símbolo del poder agrícola, una maquinaria industrial lejos de la poesía bucólica de la granja, por tu ventana derecha o por tu ventana izquierda, ves a lo lejos los campos de verdes, de marrones y las máquinas produciendo papas, o remolacha, a veces lino. Todo se mueve a una velocidad apacible. En la carretera la velocidad está limitada a 80 kilómetros a la hora pero siempre vez algunos conductores que reclaman que es demasiado lento, el patriarcado queriendo ir más rápido en aceleración permanente quizás por el miedo atávico a ser destruido, a qué te destruyan tu hombría eso que hoy llaman masculinidad, los que adelantan son los valientes de la ruta cuyo coraje debe hincharles el coche de orgullo.
A la izquierda de mi ventana veo una bandera francesa flameando todos los días con el viento, el nacionalismo sube como una inundación en los campos, un refugio de sentido, una identidad de orden que permite darle sentido a ese trabajo de esclavo que el neoliberalismo ha transformado la agricultura.
Es la época de la cosecha de la remolacha, tractores, maquinarias cortando deshojando. Vez al lado de la ruta esas gigantes montoneras, estacionadas a la orilla del camino, esperando ser recogidas por los camiones de Gran tonelaje. La remolacha me hace pensar en la granja de mi abuelo allá en el antiguo Negrete, en la parcela de Arturo Prat, jugabamos en el barro a encontrar la más grande y la más pequeña. Es la ruta de los camiones porque los modelos de gestión hoy no quieren guardar stocks y prefieren mover mercancías, y aquí esa decisión de un gestor se transforma en paisaje de motores y metal.
El desafío técnico es tener en la memoria los radares para no caer en la trampa. El tradicional taco o bloqueo o bouchon a la entrada de Cergy. 1h40. Tomo la salida 10 hacia Cergy Paris Université. Abri la barrera con mi tarjeta profesional que pone profesor contratado. Es mi último viaje. Aparco el auto en Chênes 1. Cambio de rol, dejó de ser conductor, subiendo las escaleras hasta el quinto piso me transformo en enseñador.

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