El Consejo de Facultad de la Universidad Internacional de Cergy acaba de comenzar y Jean Pierre Lorel está furioso y parece que es contra mí. No pude participar en ese Consejo tan crucial, pero los colegas me informaron los nefastos detalles. Ya me parecía ver algo raro en los rostros por los pasillos, mirando al vacío, rumiando como animales en un corredor sin mucho destino, evitando encontrarme la mirada, me parecía extraño. ¿Y qué tal el Consejo?, le pregunto a Luis Mario, el colega argentino. Frunce un poco el sueño y balbucea algo que no entiendo. Luego agrega, nos vamos a la mierda, quieren cerrar más grupos, tenías razón, las lenguas van a desaparecer de la Facultad, ahh, y ten cuidado, porque Lorel las agarró contra tí.
—
El asunto con Lorel, nuestro director de Facultad, ya viene hace más de un año, cuando asumió porque nadie quería ser director. Intento comenzar con el pie derecho organizando un evento en un campo de Golf, una especie de team building, pero con fondos públicos y con funcionarios del sistema de educación superior que no tienen en verdad ningún interés en hacer amigos, se la sudan, como dicen en España. Quería que definiéramos un plan estratégico de facultad, se habló, se discutió, y nadie estuvo de acuerdo y nadie quiso hacer un trabajo que solo le interesaba a Lorel. Allí el Narcisismo de Lorel comenzó a quedar tocado y me da la impresión que el clima de enrarecimiento comenzó allí. Sin embargo, sus dotes para la alta dirección pública pudieron más o menos emerger y consiguió cambiar el nombre de ese pedacito de mundo, luego de unos 6 meses de arduas discusiones. Pasamos de llamarnos de UFR de langues et études internationales a el flamante nuevo nombre de Faculté des études internationales et interculturelles. Quizás no debería haber dicho en voz alta en reunión que la palabra de lenguas debería haber seguido, porque define a una parte de los profesores y también de los investigadores. María Cecilia me dijo que le parecía bien, claro, porque ella enseña eso que aquí llaman civilización latinoamericana. En todo caso, le dije, esto de llegar y de primeras cambiarle el nombre a las cosas me hace pensar en los colonizadores que vienen a imponerse con la espada. El problema no hizo que empeorar.
(Borrador, version 4, Romina viaja a Cagliari desde Barcelona).
Se pierde en las nubes, mirando los reflejos del sol en el ala derecha del avión. El capitán dijo que los cinturones deben estar abrochados y que la cabin crew debe prepararse para el descenso hacia el aeropuerto Internacional «Mario Mameli». Sara compró el billete en la ira eufórica de la separación de su novio Xavi que le dijo que está cansado y que se va. Cuando vuelva no quiero que tus cosas estén aquí, dijo Sara, propietaria del departamento en el barrio de Sagrada Familia. La relación ya daba signos de estar en un ciclo descendente, pero bueno, todos nos aferramos sin saber muy bien por qué a ese lugar conocido y predecible de la rutina, a la indiferencia tierna, a la atención forzada, ese momento en que una relación transita entre la frontera del deber y la armonía que surge de la impresión que todo está donde debería estar, todo está donde nos dijeron que los afectos se posicionan y que mi deber es aprender a amar y aprender mi rol. Bueno, aquí Sara ya no puede seguir escuchando el podcast que se había descargado antes del despegue para ponerle palabras a eso que le pasa. La gente se pone de pie y comienza a recoger su equipaje de mano de los compartimentos superiores. Romina prefiere esperar sentada, vuelve a mirar por la ventana y allí están los hombres con chalecos naranjas que conducen carritos, que conectan claves, que descargan valijas. Piensa en que irá a bailar, porque bailar le hace bien y porque ahora siente que necesita vaciarse, que bailar le hará bien.

Deja un comentario