Si ella es muy linda, como es el caso, se debe decir ella es preciosa; preciosa con maquillajes y aun más hermosa sin ellos. Hablo de una mujer, pero no de cualquiera. Su pelo, común y reiterado en muchas descripciones, es castaño, a veces negro, pero siempre liso como de secretaria. Sin embargo, la mayoría de los hombres recibe un espasmo con la ese ajustada de su figura. Como es ya evidente para el lector, me enamoré de ella antes de la primera vista; y ahora digo, exagerando un poco, que ella es mi Destino y algo más. Incluso, ya que gusto de escribir, lo hago sin escrúpulos en los baños públicos: «Dios pasó a un segundo plano», anoto, aludiendo herméticamente a ella. Reconozco que su carácter no presenta demasiada novedad y posee todas las mañas femeninas y las aficiones, pero aún así en los pocos momentos que estoy con su cuerpo una alegría musical me invade; a veces, por ejemplo, al compartir una banca el simple roce de un hombro puede detonar el efecto, siempre más grande que su causa. Yo no estoy seguro si hay razones para estar así, como se dice en el abarcador estilo de los enamorados. A veces, intentando explicarme, esbozo teorías en las que articulo, por ejemplo, su risa rara y perfecta con su coqueteo incansable e inocente; pero la respuesta nunca es satisfactoria y me agoto siempre en el intento. Reconozco también que disfruto pensando en ella, como un juguete para mi intelecto, y, por su puesto, para mi sexualidad solitaria. A veces la hallo en nocturnos sueños, con un dejo de pena y algo de ganas, y con una moral distinta.
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