Después del almuerzo mi tenacidad se diluye
en las proteínas del caldo más exhausto.
Y es de vagos la gracia de aguantar el cuerpo,
de aguantar a pie la costumbre de atardecer:
crepúsculo de cansado corazón
y crepúsculo palpitado oscuro en todo el horizonte.
Es que después del almuerzo,
ya no le quedan ganas al hambre.
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