bienaventurados los abuelos y abuelas
que viajan con sus nietos y nietas tomados de las manos
porque han decidido no jubilarse de amar y dar amor
—
bienaventurados los músicos itinerantes
que interrumpen a los ensimismados lectores de éxitos literarios
porque secuestran hacia la vida a los pasajeros
con un golpe de canto
y música de furias
y alegrías
y dolores
que resuenan desde los vacuos estómagos
de juglares desterrados a deambular por las estaciones del abismo
—
bienaventurados los que ceden el asiento
porque renuncian a la privada propiedad que les otorga el billete
porque comprenden con las piernas cansadas
el innato, cotidiano, sacrificio,
inmanente dolor de la solidaridad
—
bienaventurados los que viajan en grandes manadas
de madres, padres, hijos, hijas
porque están ganando la batalla a la soledad del pasajero
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