Ya son brazos, enredados, que ahogan
el aire, ya son piernas, con fruto
en entusiasmo de inflar, y manos desahuciadas
y pechos desinflados que la piel no puede aislar
en costillas tensas, en espinas arqueadas indicando
lugar, en el instante pobre como un pezón, en donde todo termina
dentro de una boca, que devora ambos amores
desaparecidos, en cenizas y polvos rojizos.
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