Un chileno en Francia

Me pido un capuccino con un carrot cake y me pongo en la terraza de la librería Les Mots Éphémères. Elijo mirar hacia el Sena. Pasan unas chicas por el muelle festejando una despedida de soltera y van hablando animadamente de la epidural vestidas como de hadas de cuento y con un globo de helio que lleva forma de anillo de compromiso. La lluvia de Rouen comienza a caer sobre el libro de Mario Santiago Papasquiario que tradujo Samuel, Consejos de un discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger. Lo compré en octubre en la Librería Cien Fuegos de París. El libro quedó manchado para siempre con esta lluvia de mayo.

Vengo al interior para escapar de lo que ahora es una tormenta. Me pongo en el rincón de los niños, el único vacío. Dos chicas hablan de un festival de poesía que fracasó o que no convocó a quienes se esperaba o que no recaudó lo suficiente. Es complicado transitar de la poesía de Mario Santiago a los asuntos de la gestión cultural. Logro entender que la estrategia comercial no fue la buena o que faltó hacer más reel o postear en Instagram con más intensidad que se debió cobrar 15 euros el día y no 25 euros por todo el festival. (Una pequeña viene a ver los libros infantiles y me digo que no voy a cederle mi confortable lugar, llegué primero). Las poetas están dándolo todo en la sala de representación y escucho alguien que canta y luego una música tecno a toda potencia cuando la puerta se abre a ratos, también suena un violoncelo. El festival se llama Festival du Pédiluve. Pero también es una Levé de fonds pour les poissons.

El próximo sábado tengo que participar en mi curso de educación cívica para migrantes. Firmé el contrato de integración republicana. Estoy obligao. De nueve de la mañana a las 17h. 4 sesiones.

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