La suciedad de tres días pegada al pelo, lo hizo insoportable incluso para sí; su piel morena ya daba sebosos brillos, y sus poros veíanse más profundos. Era hora de un baño, sin duda; y en aquella habitación tan íntima ha de ocurrir, como es natural, su ritual más íntimo: esa ceremonia vanidosa de duplicar el cuerpo en los espejos. Es que le encanta mirarse en ellos con parsimonia, y notar sus progresos y disprogresos.
Hoy cumple su rito en la pensión, frente al espejo familiar, de marco oval (de color blanco y madera noble), en el que se han visto ya varias generaciones. Él luce alto y bien erguido; pero sus carnes, sobre todo las del pecho y los grandes muslos, ya no están tensas ni duras; al contrario, y a pesar de la suciedad, lucen algo pálidas y algo bolseadas.
Cuando está desnudo al completo, mirando, se fija en su cuerpo; lo sopesa, delicado, y le prodiga absurdas caricias. Observa con frecuencia su miembro, una y varias veces; lo estira, lo desarruga, para luego dejarlo caer sobre el escroto, aún más vetusto.
El baño, en estructura, no es más que un cuadrado de tres dimensiones abaldosadas, que después de la ducha dejan correr innumerables gotas de agua. Una tina de color canela, un retrete de color canela y un lavamanos, completan serviciales lo blanco del espacio.
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