La primera jornada de mi educación de buen migrante o educación cívica como le llaman aquí. Estoy en la Rive Gauche de Rouen, en realidad, fuera de Rouen, en la frontera entre Petit Quevilly y Sotteville. Amarro mi bici azul con el gran candado que pesa tres kilos. Está nublado pero llevamos una semana inusual de calor. Estamos en un centro de formación frente al Hotel Ibis y la autoruta que lleva a París o a Caen. La gente está esperando en la sala en donde hay una máquina de café y un lugar de venta de comida vacío. Logro reparar en los anaqueles de revistas La National Geographic en Francés.
Hay algunos carteles que dicen Tous mobilisés contre les violences faites aux femmes y una torre de cubos de cartón coloridos que pone Parcours Métier Région Normandie. Descubro que la cocina de la entrada es para aprender a gestionar y fue financiado por la UE por el fondo social europeo. Se utiliza como espacio de formación para formar cocineros y vendedores de tienda de alimentos. Hay otro afiche que nos muestra en detalle el largo camino de la Integración Republicana para los originarios de terceros países. Según el letrero soy de tercera. Extranjero de país tercero. Francés, primera categoría, pone el cartel; europeo, segunda categoría, y los otros migrantes de tercera.
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La mujer de la acogida nos pregunta si estamos aquí por la Jornada 1. Iba a decirle que sí cuando se activa la alarma de incendio y todo el mundo tiene que evacuar y esperar en el parking porque hay que verificar. Alguien abrió la puerta del jardín y se olvidaron de desactivar la alarma de la puerta. Hay que seguir el protocolo de seguridad, llamar al supervisor y todo ese rollo de la safety first.
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Falsa alarma los bomberos no vinieron. Unos treinta minutos más tarde, en la sala, elegimos una mesa y nos agrupamos por criterios misteriosos. Creo que soy el único Chileno. Quedo en la mesa con chicas de África, una de Costa de Marfil y otra de Gabón. Migrantes europeos aquí no hay porque están exentos de este procedimiento de educación cívica. La profesora nos dice que es afgana. También nos dice que se le quedo el teléfono en casa pero que no hay problema porque su marido se lo vendrá a dejar. Comienza la verificación de identidad y luego las presentaciones y descubro que no soy el único latinoamericano. Una chica musulmana de cuba, otra que está aquí escapando de la guerra de Ucrania y una tercera que viene de brasil y que tiene al marido francés esperándola afuera como si estuviese vigilando para que no le sea infiel. El traductor francés-español es venezolano. Nuestra profesora nos explica el reglamento de clase y nos sugiere que no salgamos muy lejos a la hora de la comida por motivos de seguridad. Al parece, un antiguo estudiante se hizo atropellar a la hora de la comida cuando iba por un sandwich a la panaderia. Safety first. Y sobre todo, evitar los problemas infinitos con las aseguradoras.
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Todo indica que se trata de una externalización de servicios. La OFII paga a este centro de educación para formarnos mediante un curso en cuatro sesiones los dias sábados de 9h a 17h. La brillante idea, hay que decirlo, viene del macronismo que no es ni de derechas ni de izquierdas según sus propias palabras. También podemos pasar aquí, nos dice la profesora, el examen de lengua por 70 euros y el examen de educación cívica por 70 euros. Luego de la pausa comercial retomamos el curso. Me aburro, soy el único que lleva cinco años en este país, espero, en las pausas y a la hora de la comida, poder hablar con la gente. Intentaré indagar un poco sus historias.

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